Parece mentira, pero ya han pasado tres décadas desde que en París se reunieran los delegados que representaban a 15 países del mundo para firmar el Manifiesto de Slow Food.

Hoy, tras todo ese tiempo, son 160 los países de todo el mundo y más de un millón de socios, voluntarios y activistas los que siguen con esa tendencia alimenticia. Una corriente que sobre todo apuesta por un respeto por el entorno natural y la vida del planeta en el que vivimos; pero sin olvidarnos de lo que comemos diariamente.

En el último Congreso Internacional de Slow Food, celebrado hace un par de años en la ciudad china de Chengdu se puso sobre la mesa la importancia de establecer una “lucha” que garantizara que todo el mundo pudiera tener acceso a alimentos buenos, limpios y justos.

Es una de las prioridades de esta corriente alternativa. Y todo esto se logra con la unión y cooperación de las comunidades locales y la implicación de todos: sociedad civil, empresas privadas e instituciones públicas.

Una unión que ha sido esencial durante todos estos años para lograr algunos de estos logros:

  • Catalogación de más de 5.000 productos en riesgo de extinción contribuyendo a la biodiversidad.
  • Creación de miles de huertos en África que favorecen el acceso a los alimentos y recuperan tanto prácticas agronómicas sostenibles como variedades de plantas locales.
  • Programas de educación alimentaria para los más pequeños.
  • Mejoras de las políticas agrarias y alimentarias en todos los rincones del planeta.
  • Favorecer y primar un consumo de alimentos más ético y basado en el respeto por nuestra salud, el medio ambiente, los derechos de aquellos que producen nuestra comida y no solo por el mero placer a la mesa.